I
El cajón
Al terminar la mudanza, el escritorio quedó contra una pared desnuda, todavía con la llave puesta en el cajón inferior. La casa parecía más grande por las marcas pálidas que los muebles habían dejado en el piso. Abrimos el cajón buscando un recibo; encontramos una carpeta de cartón, tibia de polvo, y dentro hojas prensadas entre pliegos amarillentos. Al moverla, crujió como una bolsa de papel. Ninguna hoja conservaba el verde: quedaban ocres finos, una sombra rojiza, bordes que se quebraban con solo respirar cerca. No supimos quién había empezado el archivo. La carpeta cabía en las dos manos, pero cambió la escala del cuarto: ya no era una habitación vacía, sino un sitio donde alguien había detenido pequeñas formas antes de irse. Cerramos el cajón sin cerrarlo del todo. El papel, debajo, pareció pedir aire.