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Una historia · 5 capítulos · 5 minutos

Una historia

La semilla que esperó

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I

La gaveta

En la cocina de la casa azul, una semilla de calabaza vivía en la gaveta de los manteles. Había llegado allí pegada al dobladillo de un paño, después de una comida de domingo. La gaveta se abría para buscar cucharas, servilletas o una vela; cada vez, la semilla veía pasar una franja de luz y escuchaba nombres de cosas que no conocía: sopa, visita, cumpleaños. No podía imaginar ninguna. A su alrededor dormían botones, una llave sin puerta y una canica verde que aseguraba haber rodado por todo el mundo. «¿Y tú qué harás?», preguntó la canica. La semilla no tenía respuesta. Guardaba dentro una curva diminuta, como una pregunta doblada. Cuando la casa quedó en silencio, el paño se alzó con una corriente y la semilla rodó hasta el fondo, junto a una caja de fósforos.

I · La gaveta

II

La mudanza

El día del traslado, la casa se llenó de cajas que olían a cartón y lluvia. La familia llevaba sus platos, una lámpara torcida y la gaveta de los manteles. Antes de cerrar la última caja, la abuela limpió el mueble con la palma, pero no vio la semilla, escondida en un pliegue. El camión subió una calle empinada; dentro, la llave sin puerta tintineó como campana y la canica contó curvas. En el apartamento nuevo, la gaveta quedó junto a una ventana pequeña. La abuela puso debajo una maceta de barro, vacía desde el verano. Al anochecer, el mueble se sacudió al encajar en su sitio. La semilla cayó en la maceta, sobre una costra de tierra seca. Desde allí escuchó un viento distinto, entrando por la rendija de la ventana.

III

El invierno

El invierno llegó sin anunciarse, primero en el vidrio empañado y luego en los dedos fríos de quienes abrían la ventana. La maceta permaneció bajo la mesa, mientras el apartamento aprendía a crujir con los vientos de la ciudad. La semilla descansó sobre la tierra dura. No soñaba con hojas: soñaba, si acaso, con sonidos. Oyó la tetera silbar, los pasos de la abuela y una radio que daba noticias de nieve en montañas lejanas. Algunos días, una gota caía del paraguas junto a la puerta y oscurecía la maceta. Otros, el aire era tan seco que hasta la madera parecía tener sed. La abuela no la regó; creía que la maceta estaba vacía. Así pasaron las noches largas, una sobre otra, como mantas dobladas.

III · El invierno

IV

La niña

Al comenzar la primavera, Lía, la hija de la vecina del tercero, fue a ayudar a la abuela a ordenar el patio común. Encontró la maceta bajo la mesa y la volcó con cuidado para buscar piedritas. La semilla apareció en la tierra, pequeña y rayada, todavía entera. «¿Se perdió?», preguntó Lía. La abuela la sostuvo en la palma. Afuera, detrás de la reja, había un rectángulo de tierra que nadie usaba, salvo los gorriones para bañarse en polvo. Lía llevó una cuchara, llenó un hueco con agua de su botella y esperó a que la tierra la bebiera. Luego dejó la semilla allí, bajo una capa suave, y puso alrededor tres piedras blancas. Antes de entrar, dejó abierta la puerta del patio para que llegara el sol de la tarde.

V

El jardín

Durante varios días, las piedras blancas no se movieron. Lía pasaba antes de ir a la escuela y después de volver; a veces llevaba agua, a veces solo noticias. Una mañana encontró dos hojas verdes asomadas entre la tierra, como orejas atentas. La planta creció despacio, trepó por una tabla y abrió flores amarillas que parecían hechas con recortes de papel. Los vecinos acercaron una regadera, una silla y una taza de té. Al final del verano, una calabaza redonda descansó junto a la reja. La abuela preparó sopa; la canica verde, ahora sobre el alféizar, dijo que aquello sí contaba como viaje. Al caer la tarde, Lía dejó la puerta del patio entornada. Del otro lado, en la calle, alguien se acercó con una maceta vacía.