I
La sombra prestada
Al mediodía, la pradera olía a heno tibio y a flores recién abiertas. Lía, la liebre, conocía el camino a casa por la sombra que su oreja izquierda dibujaba sobre la hierba. Junto al pino, encontró a Bruno, el zorro, cubriéndose los ojos con una hoja. Había perdido su sombra al cruzar la loma y el sol le parecía una puerta demasiado grande. «¿Me prestas la tuya hasta que baje la tarde?», preguntó. Lía extendió las patas; su sombra se desprendió como papel oscuro y se acomodó a los pies del zorro. Las flores se inclinaron al verla pasar. Sin aquella silueta, el sendero de casa dejó de señalar hacia el norte. Lía respiró hondo, miró el borde del bosque y decidió buscar otro camino. Bruno prometió devolverle la sombra cuando se encontraran al otro lado.
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