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Una historia · 4 capítulos · 3 min

Una historia

La liebre que prestó su sombra

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La silueta cruza la pradera

I

La sombra prestada

Al mediodía, la pradera olía a heno tibio y a flores recién abiertas. Lía, la liebre, conocía el camino a casa por la sombra que su oreja izquierda dibujaba sobre la hierba. Junto al pino, encontró a Bruno, el zorro, cubriéndose los ojos con una hoja. Había perdido su sombra al cruzar la loma y el sol le parecía una puerta demasiado grande. «¿Me prestas la tuya hasta que baje la tarde?», preguntó. Lía extendió las patas; su sombra se desprendió como papel oscuro y se acomodó a los pies del zorro. Las flores se inclinaron al verla pasar. Sin aquella silueta, el sendero de casa dejó de señalar hacia el norte. Lía respiró hondo, miró el borde del bosque y decidió buscar otro camino. Bruno prometió devolverle la sombra cuando se encontraran al otro lado.

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Pía escucha primero

II

El canto del agua

El bosque recibió a Lía con olor a resina y un techo de agujas que volvía verde la luz. Caminó sin su sombra y, por primera vez, no supo si avanzaba hacia casa o se alejaba de ella. Sobre una rama, una urraca llamada Pía sacudió las alas. «No mires tus pies», dijo; «escucha el agua. Todos los caminos del bosque bajan hasta el río». Lía siguió el golpeteo de las gotas, apartó helechos y contó tres pinos, como hacía de pequeña. Pía voló delante, posándose en cada tronco para esperarla. Al caer la tarde, hallaron una cinta azul de corriente entre las raíces. La liebre reconoció el remolino donde su madre lavaba moras. Pero el puente de ramas había desaparecido. Del otro lado, algo naranja se movió bajo los sauces: Bruno había llegado primero.

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Una barca para dos

III

El bote de corteza

Bruno esperaba junto a un bote de corteza atado al árbol más inclinado. La sombra prestada le cubría el lomo como una manta; en sus bordes aún se dibujaban las orejas de Lía. «La guardé seca», dijo, y se la quitó con cuidado. Pero el viento la infló y la sombra cayó sobre el río, extendiéndose como una barca negra. Lía saltó al bote; Bruno empujó desde la orilla y luego subió detrás. Bajo el árbol, la corriente los llevó entre hojas redondas y reflejos de cobre. A mitad del agua, la silueta se pegó otra vez a los pies de Lía. El zorro había logrado devolverla, aunque ahora el bote giraba sin rumbo. Pía llamó desde la ribera y señaló una abertura entre los juncos. Allí encontraron un sendero que olía a humo.

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La casa entre los pinos

IV

Una puerta encendida

Ya de noche, Lía y Bruno llegaron a una casa pequeña entre los pinos. Una linterna de papel colgaba junto al portón y encendía los bordes del camino. Lía reconoció el tejado, pero la sombra que había recuperado ya no señalaba al norte: apuntaba a su puerta. Bruno dejó la linterna sobre un tronco y se sacudió las hojas del lomo. «Mañana buscaré mi madriguera», dijo. Desde adentro sonó una taza contra un plato, y una voz preguntó si alguien necesitaba sopa. Lía miró al zorro; él escondió la sonrisa detrás del hocico. La liebre subió los dos escalones y apoyó la pata en la madera. La luz de la linterna tembló en el vidrio. Entonces, desde el otro lado, la puerta se abrió.

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